Comprender la rumiación para cuidar la salud mental.
¿Alguna vez te sentiste, aunque el día hubiese terminado, que tu cabeza seguía dándole vueltas a las cosas? Recordás una charla, imaginás otros escenarios o analizás una y otra vez sobre la misma cuestión. Se llama "rumiación" y se trata de un fenómeno muy común en los días de estrés o incertidumbre.
Un referente en el estudio de este proceso es la psicóloga Susan Nolen-Hoeksema, que conceptualizó la rumiación como un pensamiento repetitivo dirigido a focalizarse en el malestar y en sus causas o posibles resultados, sin orientarse a la solución de la problemática (Nolen-Hoeksema, Wisco & Lyubomirsky, 2008).
Varios estudios han demostrado que este modo de pensar hace a la persona más susceptible a la ansiedad y la depresión si aún persiste. La neurociencia sostiene que el cerebro permanece activo aun cuando estamos inactivos. Una red cerebral llamada Red de Modo Predeterminado (Default Mode Network) está involucrada en actividades normales como rememorar el pasado, predecir el futuro, pensar en uno mismo. Pero hay evidencia de que cuando una red se vuelve hiperactiva y estática puede estar vinculada a la generación de pensamientos obsesivos y de difícil interrupción (Hamilton et al., 2015; Zhou et al., 2020).
Es importante aclarar que rumiar no significa tener una enfermedad mental. Todas las personas pueden experimentar este tipo de pensamientos frente a cambios, pérdidas o preocupaciones. El problema surge cuando ocupan gran parte del día, afectan el descanso, dificultan la concentración o generan un sufrimiento persistente.
La buena noticia es que este patrón puede modificarse. Identificar cuándo un pensamiento deja de ser útil, practicar actividad física, mantener una adecuada higiene del sueño y desarrollar estrategias de atención plena (mindfulness) son recursos que han demostrado disminuir la rumiación y favorecer una mejor regulación emocional (Segal, Williams & Teasdale, 2018).
Como señala el psicólogo Edward Watkins (2008), la diferencia no está en cuánto pensamos, sino en cómo pensamos. Reflexionar ayuda a encontrar soluciones; rumiar nos mantiene atrapados en el problema.
Aprender a reconocer este mecanismo es un primer paso para cuidar nuestra salud mental. No se trata de dejar la mente en blanco, sino de desarrollar una relación más flexible con nuestros pensamientos, evitando que se conviertan en una fuente de malestar.
Lic. Anabella Corigliano