La revolución digital ha exacerbado las formas conocidas de violencia de género, mediante el uso de la tecnología: como el acoso sexual, el acecho, el discurso de odio, la información errónea, la difamación y la suplantación de identidad, y ha creado nuevas formas de abuso, como el hackeo, las estrategias de posverdad o el abuso mediante videos e imágenes, como los ultrafalsos, el doxeo, el ciberacoso, cibermonitoreo, y el grooming, o ciberengaño con fines sexuales, la “sextorsión” o extorsión sexual, la divulgación de imágenes íntimas, entre otros, lo que provoca una pesadilla digital que a menudo se extiende a sus vidas fuera de internet.
Igual que las otras formas presenciales de violencia contra las mujeres, el acoso y la violencia digital afectan a las víctimas en su vida fuera de línea, provocando depresión y ansiedad, estado permanente de alerta frente a la amenaza en línea, dificultades para socializar, ideas autodestructivas y suicidas, dificultades en la comunicación familiar, aislamiento, constante sensación de miedo e inseguridad, autoinculpación, angustia general, soledad, entre otras. Todo ello puede incidir en su salud general. como problemas alimenticios, tensión arterial, etc.